Valencia 2-1 Real Madrid: El Madrid se vio sorprendido por los mejores diez minutos del Valencia en su última y atribulada década. Primero fue Zaza, rematando una contra con el sitio cogido, empequeñecido Varane. El francés fue el origen del segundo: regaló la pelota que acabó n gol de Orellana. Dos hermosos contragolpes que pillaron al Madrid ajustando la pisada.

La posición de Orellana fue un problema inicial que el Madrid tardó en resolver. Aplicó a ello a Casemiro rozando por momentos el hombre a hombre.

Otro asunto era Zaza. Tuvo un duelo muy hermoso (casi traumatológico) con Ramos, y aunque recibió una amarilla pronto no dejó de jugar en el límite emocional del partido.

El otro valencianista principal era Parejo, que casi todo lo hacía bien y sencillo, con esa forma de lentitud vintage que a veces toma el buen fútbol.

2-0 en diez minutos, y no es que el Madrid estuviera jugando mal del todo. Obtenía un córner cada tres minutos y llegaba muy fácil al área rival. Largo córner del Madrid, rápida contra del Valencia: en eso consistía el juego.

El Madrid tardó un buen rato en sellar las fugas de su juego. Perdió muchos balones en la media . El conjunto dio la sensación de arranque mecánico, de pereza inevitable. Como si el partido hubiese sido descontado mentalmente en muchas ocasiones.

El Valencia jugo un primer tiempo al límite de su rendimiento. Hasta la idiosincrasia del club parecía devuelta a aquellos años de principios de siglo en que era exclusivamente valenciano, enfebrecido en el “madridista el que no bote”.

Pero algo tiene el Madrid que se va haciendo con los partidos poco a poco, como si hubiera un método detrás. Es esa sensación que daba el Barcelona en sus buenos momentos. Y aunque en el Madrid el juego no es tan fluido, con el paso de los minutos se impone una trama, una burocracia del juego.

Nani, demasiado explosivo, se lesionó en una carrera y con él se fueron las contras del Valencia durante un buen rato.

El Madrid se echó en Marcelo. De sus subidas salen formas ornamentales de juego archisabidas, como el tatuaje de un tribal por la pantorrilla, son conexiones ascendentes que alcanzan a Benzema y Cristiano y que rearman el juego.

En el 43, templó un balón para el remate de cabeza de Cristiano, que congeló a Alves en una estampa clásica. Los buenos rematadores honran al portero de alguna forma.

La segunda parte comenzó igual: el Madrid controlaba el juego administrativamente y sujetaba bien las contras de un Valencia que parecía cansado

El Madrid hacía un juego de mosaico, elaborado y de pases cortos. A anotar: más de Marcelo como 10 real; la servidumbre de Benzema como apoyo de Cristiano (Benzema es El Invisible Harvey de Cristiano, como el conejo mágico de aquella peli de James Stewart); y la movilidad entre inteligente y escaqueante de un James que no es que cada vez la suelte antes, es que incluso ya la suelta demasiado pronto. James se ha metido en el juego del conjunto, pero ha perdido relevancia.

Hubo un posible penalti a Cristiano, que es un poco Sean Penn en el área y lo dramatiza todo mucho o muy poco.

El Valencia recuperó el pulso. En el 60, Parejo hizo un caño en el área, y fue en ese momento de reequilibrio cuando Zidane sacó a Bale. El partido se embraveció. Varane casi regaló otro gol de Zaza, y Alves respondió bien a Benzema. El Valencia ya volvía a contragolpear, aunque con flato y menos hombres. El partido se abría y se le complicaba al Madrid. El público lo notó y recuperó el do de pecho de tantas tardes ante su rival preferido.

Se había producido un vuelco emotivo, así que Zidane metió a Lucas (por Modric, posible perdida de control).

¿No fue todo el partido el Madrid, su carácter, a remolque de un Valencia más metido?

Los locales acertaron en no quedarse en su área. El Valencia jugó esos minutos como si fuera la final de algún torneo secreto y consigo mismo. Agónico y muy conectado a la grada, polichinela bronca.

Y el juego del Madrid siguió plano, previsible, y vibrante solo al final (un remate de Ramos a lo Karate Kid, y el palo de Cristiano). Como si su única misión hubiera sido contribuir al espejismo de un viejo Valencia.

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